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    <title><![CDATA[elDiario.es - Raimon Obiols]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es.bbnx.pre.bitban.com/autores/raimon-obiols/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Raimon Obiols]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Weimar no es nuestra condena]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es.bbnx.pre.bitban.com/opinion/zona-critica/weimar-no-condena_129_13211737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es.bbnx.pre.bitban.com/clip/d951e27b-a06a-4916-aea1-29ea31269a8c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Weimar no es nuestra condena"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se trata simplemente de considerarla, a diferencia de los alquimistas del malestar y el fatalismo, no como un destino fatal e ineluctable de las democracias, sino como una lección para no repetir errores concretos del pasado</p></div><p class="article-text">
        Que en el mundo se viven tiempos siniestros salta a la vista. &ldquo;La humanidad nunca hab&iacute;a vivido un momento m&aacute;s peligroso que el actual&rdquo;, ha escrito Rafael Poch en el digital CTXT. Cita extensamente a un analista ruso, Dmitri Trenin, &ldquo;presidente del principal <em>think tank </em>del Kremlin&rdquo;, que advierte del peligro, no de una &ldquo;Tercera Guerra Mundial&rdquo; sino de algo nuevo, de &ldquo;otra cosa&rdquo;: un estado permanente de coexistencia de guerra y paz en el mundo, donde el &aacute;mbito de la paz va reduci&eacute;ndose y el campo de batalla va ampli&aacute;ndose. Estas ser&iacute;an sus caracter&iacute;sticas actuales: conflictos locales que se regionalizan (Ucrania, Oriente Medio en estado &ldquo;caliente&rdquo;; Asia en estado latente); uso b&eacute;lico de nuevas tecnolog&iacute;as (IA, drones, misiles, guerra digital); alianzas d&eacute;biles y compromisos ambiguos entre los pa&iacute;ses; debilitamiento progresivo de las normas e instituciones internacionales; riesgo creciente&nbsp;de proliferaci&oacute;n de las armas nucleares.
    </p><p class="article-text">
        En esta situaci&oacute;n, en los medios se repite a menudo que el mundo vive un &ldquo;momento Weimar&rdquo;, que estamos inmersos en un &ldquo;Weimar global&rdquo;. La analog&iacute;a se refiere a la Rep&uacute;blica alemana (1919-1933) que surgi&oacute; de las cenizas de la Primera Guerra Mundial y&nbsp;que, tras m&uacute;ltiples crisis, termin&oacute; con el ascenso de los nazis al poder. Peter Gay, buen historiador de la espl&eacute;ndida cosecha cultural de aquella Rep&uacute;blica de Weimar, dec&iacute;a que esta &ldquo;naci&oacute; en la derrota, vivi&oacute; en la agitaci&oacute;n y muri&oacute; en el desastre.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Qui&eacute;n hace unos a&ntilde;os puso en circulaci&oacute;n la analog&iacute;a hist&oacute;rica con Weimar fue Robert D. Kaplan, en su recomendable y discutible libro &ldquo;Tierra bald&iacute;a. Un mundo en crisis permanente&rdquo; (RBA 2025). Afirmaba Kaplan que &ldquo;Rusia y Estados Unidos, China y Estados Unidos, Rusia y China, por no hablar de las potencias medias o menores, todas est&aacute;n, debido a sus tensos enfrentamientos y a la forma en que la tecnolog&iacute;a contin&uacute;a estrechando la tierra, llevando a cabo una extra&ntilde;a simulaci&oacute;n de la Rep&uacute;blica de Weimar.&rdquo; El mundo interconectado de hoy ser&iacute;a c&oacute;mo un gran Weimar sin una verdadera gobernanza, donde cada pa&iacute;s est&aacute; ligado a los dem&aacute;s de manera tan profunda que una crisis en un solo lugar puede desencadenar un efecto domin&oacute; de consecuencias inmediatas en los otros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No faltan en estos d&iacute;as acontecimientos que abonan la percepci&oacute;n de esta interdependencia fulminante. Sin embargo, aunque los efectos de la guerra en el estrecho de Ormuz sobre el precio de nuestra gasolina permite&nbsp;comprobar&nbsp;cu&aacute;nto de cierto hab&iacute;a en las profec&iacute;as de Kaplan, no parece una buena idea seguir insistiendo&nbsp;en la analog&iacute;a hist&oacute;rica entre nuestro presente y el pasado de la Rep&uacute;blica de Weimar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin hablar de la creaci&oacute;n art&iacute;stica y literaria (donde la comparaci&oacute;n entre la rica producci&oacute;n de aquel per&iacute;odo y la sequ&iacute;a actual podr&iacute;a conducir a la melancol&iacute;a), las&nbsp;diferencias econ&oacute;micas, sociales y pol&iacute;ticas entre el desorden geopol&iacute;tico actual y las&nbsp;crisis de la Rep&uacute;blica de Weimar son enormes.&nbsp;En la Alemania de aquella &eacute;poca, la hiperinflaci&oacute;n fue tan colosal que convirti&oacute; el dinero en basura (&ldquo;Hubo d&iacute;as en los que pagu&eacute; cincuenta mil marcos por un peri&oacute;dico, y por la tarde cien mil&rdquo;, dej&oacute; escrito Stefan Zweig). Tambi&eacute;n era extrema la violencia pol&iacute;tica entre los partidos pol&iacute;ticos, marcados a derecha e izquierda por lo que Peter Gay llam&oacute; un &ldquo;hambre de totalidad&rdquo;. Por agobiante que sea en muchos aspectos nuestra sociedad actual, una&nbsp;equiparaci&oacute;n es imposible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero m&aacute;s all&aacute; de estas diferencias, hay algo que tambi&eacute;n induce a desconfiar de la idea de &ldquo;Weimar&nbsp;global&rdquo; difundida por Kaplan. Su f&oacute;rmula tiene el atractivo de las medias verdades expresadas con talento period&iacute;stico y acentos prof&eacute;ticos, pero es tremendamente negativa, fatalista. Aunque no vislumbra en el horizonte ni un Hitler ni &ldquo;un Estado mundial totalitario&rdquo;, Kaplan advierte, como neoconservador pesimista que es (&ldquo;me doy cuenta de lo obsesivamente negativo que estoy siendo&rdquo;, escribe) que no debemos suponer &ldquo;que la pr&oacute;xima fase de la historia proporcionar&aacute; alivio alguno a la actual.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el frontispicio de la &ldquo;Tierra bald&iacute;a&rdquo; de Kaplan figura como ep&iacute;grafe una cita de Roger Scruton. La esperanza, dice all&iacute; el fil&oacute;sofo brit&aacute;nico, es &ldquo;un activo peligroso que amenaza no solo a quienes la aceptan, sino a todos los que se encuentran en el &aacute;mbito de sus ilusiones.&rdquo; &iquest;Hay que abandonar toda ilusi&oacute;n, toda esperanza? En estos asuntos hay que remitirse a la vieja sabidur&iacute;a popular y dejar a cada alma en su almario. Pero en los asuntos comunes, el &ldquo;activo peligroso&rdquo; que hoy nos amenaza no son quienes albergan la esperanza de otro mundo mejor, sino los que pretenden devorar desde dentro las democracias y alumbrar un mundo de aut&oacute;cratas y potentados sin ley (es decir, un mundo de forajidos). Oponerse a este destino, con esperanza o sin ella, es un deber democr&aacute;tico imperativo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En este sentido, Weimar representa una lecci&oacute;n permanente de los errores a evitar.&nbsp;Entre ellos destacan dos inmensas equivocaciones concretas que no tuvieron nada de ineluctable. En primer lugar, el error de los servicios de informaci&oacute;n militar y de los magnates industriales y financieros que descubrieron a Hitler y lo apoyaron decisivamente, pensando que se trataba simplemente una moment&aacute;nea p&oacute;liza de seguro contra el comunismo. El segundo error fue el de las izquierdas, que obtuvieron 221 esca&ntilde;os en &uacute;ltimas elecciones de la Rep&uacute;blica de Weimar, superando a los 196 de los nazis, pero fueron v&iacute;ctimas de sus divisiones y enfrentamientos, antes de serlo de la represi&oacute;n hitleriana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las analog&iacute;as hist&oacute;ricas pueden servir para un fregado y para un barrido. Su atractivo, y tambi&eacute;n su riesgo, es que pueden llegar a tener una enorme fuerza simb&oacute;lica. La evocaci&oacute;n de los Acuerdos de M&uacute;nich de 1938 fue usada insistentemente por quienes (Kaplan entre ellos)&nbsp;alentaron al Tr&iacute;o de las Azores a cometer el insensato y tr&aacute;gico error de invadir Irak en el a&ntilde;o 2003. Los que entonces se opon&iacute;an a la guerra fueron tildados de &ldquo;muniqueses&rdquo;,&nbsp;de&nbsp;apaciguadores pazguatos frente a los dictadores. En sus versiones m&aacute;s extremas, el recurso a la fuerza simb&oacute;lica de estas evocaciones hist&oacute;ricas puede inducir a errores m&aacute;s inocuos pero a&uacute;n m&aacute;s disparatados (en 1987, Aznar lleg&oacute; a posar ante las c&aacute;maras disfrazado de Cid Campeador).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por encima de todo, la Rep&uacute;blica de Weimar es hoy un s&iacute;mbolo hist&oacute;rico que asociamos autom&aacute;ticamente, en nuestra memoria colectiva, a una derrota catastr&oacute;fica de la democracia. No es cuesti&oacute;n de no mentarla, como si de la bicha se tratara. Se trata simplemente de considerarla, a diferencia de los alquimistas del malestar y el fatalismo, no como un destino fatal e ineluctable de las democracias, sino como una lecci&oacute;n para no repetir errores concretos del pasado.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raimon Obiols]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 11 May 2026 20:29:29 +0000]]></pubDate>
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